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Causas y sinrazones de un asalto perfecto

Treinta y seis minutos, quince canciones, un solo sospechoso: Sticky Banger presenta Perfumes y relojes, su disco debut.

Fotografía por Goyo

Tan rapero como productor, tan deudor de las cadencias del jazz como de la profundidad del soul, tan hijo de las síncopas de la salsa como de la melancolía del blues, tan cordobés como pampeano: así llega Sticky Banger a su primer álbum solista. Y es que esta vez no hay socios fijos ni alianzas que blinden el proyecto: todos los créditos llevan su nombre. La decisión llega pocos meses después de Space Executors, junto a Tommy Zam, que, entre otras cosas, rendía homenaje directo al rap de Harlem de los noventa. Ahora, Sticky cambia el método y abre un maletín brilloso. Pero ya no quiere llenarlo de armas. Quiere perfumes y relojes. 

Su ópera prima presume oficio de veterano: el de un estratega de guante blanco, atorrante, avispado y sigiloso. Sabe cuándo entrar y cuándo irse. Su dominio de la pista alcanza hasta sus reflejos: los bostezos son maniobras premeditadas, acciones calculadas que reserva únicamente para abrazar en un cine. Cuando los peritos arriban, el diagnóstico es instantáneo. Las artimañas pueden despistar a los novatos; frente a los inspectores expertos, la autoría resulta evidente. El atraco tiene su caligrafía. Instrumentales de drumless con samples de música negra, donde algunos sonidos conservan la ingravidez de Space Executors y hacen del disco una bóveda: una vez adentro, se pierde la noción del tiempo.  

Las vitrinas están intactas y, aún así, vacías. Faltan los relojes que ahora engrosan su colección y un collar de perlas que tiene destinataria. Es para su madre, en cuyas pupilas amanece cuando la noche se hace larga: “Apilo Bangers / Caigo a Baires y los vampiros caen / Se lucen los dos ojos de mi madre”. Del sospechoso queda apenas la estela densa de su aroma. Esa fragancia flota en el salón con la ligereza de quien trabaja sin apuro, mide cada milímetro y se desliza con un ritmo impredecible y elegante: un loop infinito de jazz añejo que traza siluetas a la par de sus movimientos.

Ahora bien, un ladrón con oficio sabe que el botín guardado no vale nada. Hay que hacerlo circular. Hace no tanto, oler a oud, a sándalo o a ámbar era un lujo alcanzable para muy pocos. Hoy prácticamente cualquiera compra un perfume árabe por una fracción de lo que cuesta uno francés, lo prueba en la muñeca y sale a la calle oliendo a un palacio que nunca pisó. Los decants de cinco mililitros, las casas de Medio Oriente y las reseñas de internet hicieron que ese privilegio cambiara de manos. Sticky, creador de todas las instrumentales de Perfumes y Relojes, aplica la misma lógica. Entra a las colecciones donde durante décadas durmieron el soul, el blues y el yacht rock –piezas de importación, rarezas de disquería– y se lleva unos segundos de cada una. Después los desarma, los engarza y los devuelve convertidos en otra cosa, igual de compleja y más cercana, con una salida que dura lo que un chopeo.

Quien opera sin cómplices no tiene que ponerse de acuerdo con nadie. Banger diseña el plan y lo ejecuta, arma el beat y lo rapea, y esa doble autoría se escucha tal cual es: una conversación entre dos voces de una misma cabeza. El sample propone y el verso responde. Un instrumento se detiene y la rima ocupa el hueco. Una frase termina y la base la retoma donde quedó. Nada suena encimado. Nada llega tarde. En una sola respiración enhebra sigiloso, brilloso y quisquilloso sin que se note la costura. Tiene mano de orfebre y la memoria larga del que viene de lejos. En “Chaca & Crisol”, por ejemplo, deja claro de qué está hecho: “Tengo abuela, madre, primo, hermanos, sobrinos / […] / He sido frío, es que en el medio de La Pampa crecimos / podría ser de todo, jamás un desagradecido”. Dureza y gratitud, una constante de todo el álbum.

De ahí en más, administra su voz en dos estados. Por momentos rapea como si recién se despertara, todavía tibio, estirando las sílabas igual que quien estira el cuerpo antes de salir de la cama. En otros suena a alguien que lleva varias noches sin dormir y camina Córdoba con esa claridad del insomnio que, a falta de descanso, obliga a soñar despierto: “Sé que me querés aunque ya no estemos / pongo la mesa para tres para que nos rescatemos / Bebamos de ese vino selecto / y decapitemos al presidente electo”.

El ladrón podrá ser de los mejores, pero siempre hay una cerradura que se le resiste. Para Sticky, es el amor. Ahí el robado es él. En “Depto 5C” denuncia: “Que me mires como si me amaras ahora es humillante”. Lo dice sin énfasis, casi al pasar, como se dicen las cosas que lastiman en serio. Guarda la lucidez de quien entiende que la ternura a destiempo duele más que el desprecio. Pero ojo, nada de esto se vuelve lamento. Banger atraviesa el desamor con la misma compostura con la que atraviesa todo lo demás. Se arregla, se perfuma y sale.

El plan lo arma solo. Pero, para el reparto, llama a los suyos. Con los años, el pampeano construyó un universo de fronteras bien marcadas, con su propio sonido, su propio vocabulario y sus propios personajes, que no son más que los nombres que comparten con él escena, búsqueda y amistad. Perfumes y Relojes reúne a muchos de ellos: Enfer Abstracto (con quien firmó Shiny Bricks), Noviwav, Frutos Raros, Juli L y Simón Es Simple. Solo falta Tommy Zam, amigo y coequiper de tantos trabajos. Su ausencia también es parte de la estrategia. Esta vez quiso dar el golpe sin la compañía de quien mejor le conoce los pasos.

A cada invitado le teje una instrumental a medida. Juli L (con quien ya había colaborado en “No me olvides”, del EP, Radio rubor) aporta además algo que el disco venía reservando. Su voz abre en el álbum un registro inédito de R&B y recién al escucharlo se entiende cuánto lo necesitaba. Simón, por su parte, protagoniza uno de los momentos más altos en “Jazz de casino”. Sobre un sample de vientos gastado y nocturno, rapea con la garganta áspera (la misma que habrán tenido, al cerrar la sesión original, quienes soplaron esos saxos) y deja dos barras que condensan el espíritu del disco y, por qué no, del rap de Córdoba: “las rachas malas nos unirán” y “tengo más familia que fanes”.

Hace años, Sticky Banger llegó a Córdoba con la llanura todavía en la voz y aprendió a moverse por la ciudad sin perderse. Metódico, ensaya en cada trabajo un recorrido distinto. He ahí el modus operandi del ladrón: como el Suquía, altera el curso cuando hace falta, pero llega siempre a destino. En su muñeca, las agujas marcan treinta y seis minutos. El perfume, en cambio, tardará bastante más en irse.