Con la participación local de Salas Velatorias, el ciclo diseñado por Camionero reafirmó su crecimiento autogestivo en una nueva parada en Córdoba.

Tracción a Sangre me genera algo parecido a tener trece años, ser nuevo en un colegio y empezar a identificar de a poco al otro raro del curso que comparte algo conmigo. Eso que se devela lentamente, a través de ciertas señales: una mochila de AC/DC, un pin de Los Redondos en la cartuchera, el logo de Iron Maiden mal dibujado con liquid paper sobre un pupitre, el riff de Smoke on the Water tocado sobre una guitarra criolla en una hora libre. Detalles que te unen con el otro, que te hacen decir: “Vos y yo somos lo mismo”.
No es ningún secreto que el rock está de moda de vuelta. Y que, como toda tendencia, genera visualizaciones, likes y plata. En este contexto, el concepto de “festival” está bastante manoseado. Sin ir más lejos, para ver a Deftones en vivo en 2026 tenés que comprar una entrada carísima, hacer filas interminables y someterte a cacheos dignos de un aeropuerto militar, para finalmente averiguar si te dejan tomarte una cerveza viendo a tu banda preferida, en un espacio en el que se cruzan los seguidores de la popstar del momento, los padres metaleros nostálgicos y hasta la (ex) ministra de seguridad.
Me cuesta identificar ahí una idea de comunidad. La curaduría de los eventos mainstream se alejó hace mucho del criterio artístico para enfocarse en lo que produce, en lo que vende, en lo que genera terabytes de reels y remeras cool.
En este marco, Camionero plantea desde 2024 un ciclo que se presenta como una respuesta contracultural. Y si bien podría intentar argumentar esta afirmación con palabras bonitas o citas rimbombantes, tengo que parafrasear a mis amigos futboleros cuando hablan de la cancha: no te lo puedo explicar, tenés que vivirlo.


Un murmullo de metal cuando la luz se apaga
Quien haya visto a Camionero en alguna de sus visitas anteriores a la ciudad conoce la dinámica: La Cañada comienza a poblarse progresivamente de manchas negras, sombras con latones en las manos que ocultan la cara detrás del humo del cigarrillo, esperando el momento en que dos figuras se separen de la masa y suban al escenario a darle play al primer riff de la noche. Porque Joan Manuel y Santiago no te miran desde arriba: están ahí con vos cuando los pies se despegan del suelo.
No hay momento de pogo. Es una situación constante, interrumpida ocasionalmente por baladas como “Loop Dorado” o “Despedida”, ubicadas casi estratégicamente en el setlist a modo de pausas para recuperar la energía. El resto de las composiciones generan una especie de trance del que es imposible despertarse; los cuerpos solos se lanzan sobre la ruta que crean los riffs veloces, como si estuvieran poseídos.

En las piezas que conforman los discos de Camionero se mezclan el groove de los Black Keys, la voz raspada del blues argentino de los setenta y una violencia prolija, estudiada, que crece desde los primeros acordes hasta los últimos. No es descabellado afirmar que canciones como “Guerrero Atípico”, “Genio del Abasto” o “La Distancia” ya ocupan un lugar destacado en la enorme y diversa estantería del nuevo rock nacional.
A la vez, es como si ciertos componentes de la música de la banda estuvieran anclados a algo que viene de otro tiempo, pero a la vez parece más nuevo que nunca. Este diálogo entre pasado y futuro se hace carne en las dos invitaciones de la noche: Fabian Crea “Fachi”, bajista de Viejas Locas, para interpretar “Lo Artesanal” (y terminar de volver loco al público); y Micky Rodríguez de Los Piojos, versionando “Tan Solo”. Camionero, entonces, parece la chispa que enciende una montaña de dinamitas marca ACME enterradas hace años. Una bestia dormida: el rock nunca nos abandonó, muta, se transforma y ahora nos alcanza la mano. Es en estos espacios donde descubrimos quién lo estuvo usando como un disfraz y quienes lo llevan en el ADN.

Explota con la sangre
Llevar adelante un evento autogestivo que crece fecha a fecha no es algo menor en estos tiempos. El “acoplado” siempre presente, con merchandising de la banda, es una parte esencial de la gira y también los números invitados. La participación de Salas Velatorias se revela como un acierto enorme. Que ellos formen parte del ciclo, ahora festival, tiene un peso especial: hay una escena creciendo en Córdoba que nada tiene que envidiarle a la de Buenos Aires. El grupo de Río Cuarto tiene plantada una bandera en el corazón de la ciudad, avalada por el mismo factor que hace crecer al dúo bonaerense: su gente.

Incluso desde la mitad de Club Paraguay hasta el fondo, las chicas y chicos vestidos de negro (algunos maquillados de maneras cadavéricas) cantan las letras de Salas como si las hubieran escrito ellos mismos. Hay trapos flotando sobre el calor, personas subidas a los hombros y, frente a ellas, un grupo de músicos que tiene algo para decir:
Es la meta verdad
En un meta universo irreal
Tu ciber narcisismo
Y tu ciber populismo virtual.
El sonido de Salas Velatorias parece haberse consolidado con Lamentario (2025), pero los temas del álbum y EPs anteriores generan respuestas de la misma intensidad. El origen más anclado en un post-punk clásico se integra orgánicamente con las nuevas decisiones creativas, que de a momentos remiten a Los Redondos, Soda Stereo o a Sumo, elementos que dibujan los contornos de un mensaje y conceptos tan propios que es inevitable pensar que la banda tiene un horizonte muy prometedor allá adelante.


Quédate a esperar, el fin de todo llegó
Tracción a Sangre sigue creciendo y provocando en los cuerpos algo más fuerte que un pensamiento: una emoción que recorre las venas y no te deja quedarte quieto. Se siente desde que entrás hasta que, ya cansado, caminás hacia la puerta bajo las banderas negras, empapado de cerveza y transpiración, con la certeza de haber sido parte de algo más grande.
En un momento del show, en las pantallas se desarma un John Connor adolescente, subido a su moto. El mismo de “You Could Be Mine”, de los Guns. Me quedo pensando en otra escena de Terminator 2: esa en la que el amigo de John le salva la vida al mentirle, de manera instintiva, a lo que él piensa que es un policía. Mientras existan espacios como este, seguirá viva la esperanza de encontrar la mirada del otro en la multitud, acortando la distancia, reconociéndonos. Ese gesto cómplice que invita a apretar el acelerador para escaparnos de una máquina que nos persigue a toda velocidad.
