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CÓMO HACER UNA CANCIÓN

Una pregunta retumba en la cabeza de Manuel Rivero. Entre recuerdos borrosos y sonidos desconocidos, recorre los escenarios del Festival PRGY en busca de una respuesta.

Tengo esa sensación que uno tiene cuando se despierta de una siesta que se hizo demasiado larga. Estoy estancado en ese vacío terrorífico que reemplaza todas las certezas mientras los párpados hacen fuerza para despegarse. No recuerdo mi nombre. En algún rincón de mi cerebro hay retazos de lo que fui antes de acostarme, pero se difuminan como las luces de los autos en la calle. Lo único que tengo a mano es una pulsera que me permite entrar a un festival de música en medio de Güemes y una pregunta rebotando en las paredes del cráneo: ¿cómo se hace una canción?

No hablo del ritmo, la melodía o la armonía. Busco otra cosa: los elementos que necesita una composición para ayudarme a entender los tiempos que corren, a dibujar el contorno de mi identidad. Una pieza que arranque pedazos de la calle y las sombras de los edificios para resumir en algunos minutos todo lo que nadie va a poder explicarme de este presente desconocido. 

Autos Robados — Club Paraguay

Foto de Felipe Tissieres // @fffffelo

Cuando me fui a dormir, hace tantos años, Club Paraguay quedaba en el Abasto, en medio de un recoveco de calles que de día parecían un set de filmación abandonado y a la noche latían como las venas de un corazón que bombeaba ríos de indies vestidos de Tumblr, hippies, diferentes expresiones de la comunidad queer, amantes del techno, rollingas despistados y académicos insomnes. Hoy, desde su lugar privilegiado en la Cañada, el club parece dominar un imperio. Un festival lleno de escenarios lleva su nombre. Este enorme recinto color negro debería ser, entonces, un buen lugar para arrancar mi búsqueda. 

Si yo robara un auto, apretaría el acelerador como un desquiciado. Por lo menos al principio del show, da la impresión de que a este se olvidaron de pasarlo a nafta. Quizás sea una estrategia para esconderse de la policía y no hacer saltar las alarmas. La banda no suena mal, las canciones son correctas, la voz principal es seductora y sin dudas despierta en la multitud rastros de las épocas doradas del rock chabón. Pero no termina de atravesarme. Sé que en parte es mi culpa: estoy en el segundo piso y cuando uno pretende mirar a la multitud desde arriba no termina de entenderla. Pienso entonces:

PARA HACER UNA CANCIÓN ES NECESARIO METERSE ENTRE LA GENTE

La gente rota. La que parece cortada con la misma tijera. La que llora a los gritos pidiendo ayuda. La que calla sus desgracias atrás de miradas petrificadas que, en el fondo, sólo esperan que alguien les hable. Toda esas personas están acá, viendo a Autos Robados, así que probablemente sepan algo que yo no. ¿Quién soy para oponerme a lo que deciden las masas?

Tendré que bajar las escaleras para ver qué está pasando.

Chechi de Marcos — Boiler

Foto por Fiamma Fiorello // @fruhlingflame_

Los que están parados en la vereda sonríen con ternura. Miran a través de los huequitos de la reja negra hacia adentro del bar, donde una chica con una guitarra colgada se interrumpe en medio de un acorde, se ríe, confiesa que le cuesta mucho cantar en el registro grave en el que compuso el tema y pide un cigarrillo.

El público tarda en reaccionar. Al parecer, lo han sumergido en una especie de trance. Cuando por fin alguien enciende un pucho y se lo alcanza a Chechi de Marcos para que vuelva a empezar, entiendo por qué. Bastan unos pocos acordes para inventar un espacio lo suficientemente amplio como para que la voz lo recorra de punta a punta con la soltura de alguien que corre por un descampado. Después está ese brillo metálico en su garganta, una especie de plug-in biológico que armoniza las letras y las subraya.

De repente, yo también estoy sonriendo con cara de tonto. A todos, en el fondo, nos gustan las canciones de amor. Las que vienen de un lugar sincero y nos hacen cerrar los ojos mientras escuchamos frases como se pone rojo el aire, espero que no sea tarde, aprieto fuerte tu cuerpo para olvidarme del mio. Entonces:

PARA HACER UNA CANCIÓN ES NECESARIO AMAR O HABER AMADO.

Y nada de esas ridiculeces como amar una profesión o amarte a vos mismo. No señor: haber deseado otro cuerpo y otra mente con un hambre originado en el medio de la panza. Sentir el vacío de una posible ausencia como un agujero negro que puede absorberlo todo. Alegrarte cuando el viento trae un perfume determinado. 

Ahora estoy un poco más cerca. 

Salas Velatorias — Pez Volcán

Foto por Fiamma Fiorello // @fruhlingflame_

Algo está por pasar. Se huele en el aire ansioso que todos los que estamos apretados en el Pez Volcán metemos y sacamos de nuestros cuerpos. Me gusta cuando el público de una banda es más que un rejunte de individuos. Cuando hay algo que los une, aunque no se conozcan, como si compartieran un secreto.

Acá, quien susurra las palabras justas en los oídos es una figura pálida vestida con ropas oscuras. Antes de empezar, nos agradece por haberlos elegido a ellos entre todas las cosas que están pasando esta noche. Con un arsenal de instrumentos, cigarrillos colgando de los labios y la actitud relajada de quienes se saben talentosos, los miembros de Salas Velatorias dan inicio a uno de los shows que más voy a disfrutar hoy.

El chico de la barra me dice que ahora el término post-punk se usa para todo, pero que si alguna banda en Córdoba tiene derecho a reclamar su lugar ahí, es esta. Estoy de acuerdo. Los vientos y su costado político los argentinizan, pero no llegan a ocultar las líneas de bajo tristes, los riffs agudos con la ganancia del chorus al máximo y las letras que parecen cuentos de terror, del que da miedo de verdad. No el horror de los monstruos, sino el que aparece en el reflejo del espejo sucio frente al cual a veces fantaseamos con morir.

Me pierdo en las visuales mientras los fans se enardecen. Ya sé que voy a llevarme de acá. Voy a meter en mi mochila la certeza de que:

PARA HACER UNA CANCIÓN HAY QUE ANIMARSE A HABLAR CON LA MUERTE

No hace falta una mesa ovalada llena de velas ni profanar un cementerio. La muerte es también el perfil de Facebook de un amigo que ya no está. Miro alrededor. A pesar del costado fúnebre de todo este asunto, la gente parece muy viva acá adentro, dispuesta a recibir el vómito de un corazón que, como puede, sigue latiendo.

Trisomía y Marttein — Sala Formosa

Foto por Emiliano Alvarez // @emy_alva7

Lo intenté, pero aún no cuento con el giratiempo de Hermione Granger y solo alcanzo a escuchar los últimos tres temas de Trisomía. En Sala Formosa pasa algo muy distinto a lo que acabo de presenciar en Pez Volcán. Cambian las letras, los cuerpos, la estética. La comparación básica que diagramo en mi mente es una reducción de esa rencilla estúpida entre Soda Stereo y Los Redondos. 

Aun así, lo que vi hasta ahora comparte un núcleo oscuro. Frases dolidas, riffs con distorsión, visuales blancas, negras y rojas. Aspectos que encarnan una ruptura conceptual con lo que supo ser una escena llena de árboles y colores. Esto parece crecer sobre sus restos.

Trisomía abandona el escenario para dar paso a una película de terror que tiene el olor de las calles de Buenos Aires. Son tres sobre las tablas: un guitarrista marca el ritmo de un groove violento: un tecladista dispara sonidos futuristas y gritos guturales a modo de coro; y, en el centro, un chico rubio alto sonríe diabólicamente sobre un rojo pleno, color sangre, mientras enuncia sus verdades con una cadencia que tiene algo de rap y algo de tango. Me siento dentro de uno de los cómics más sangrientos de DC. Marttein parece uno de esos villanos con los que uno termina empatizando cuando deja en evidencia que la mayoría de las veces el héroe es un muñeco derechoso, amigo de la policía y de las buenas costumbres.

Foto por Emiliano Alvarez // @emy_alva7

Para un enfermo que se cree Superman el único futuro es estrellarse y después quebrarse, escucho. Con eso me alcanza:

PARA HACER UNA CANCIÓN HAY QUE SABER USAR LA VIOLENCIA

Entender las armas con las que se mueve el enemigo que destruye todo a su paso y usarlas para crear a nuestro favor. Meter los dedos en las manchas de aceite sobre las que se arrastran las bicicletas de los deliverys y hacerse una pintura de guerra en la cara. Recorrer el lomo herido del animal agonizante en el que se están transformando esta y todas las ciudades. Hacerse amigo de la noche que quiere comernos.

Lonjazo — Chilli Street Club

Chilli, en aquel pasado que ahora parece tan lejano, era poco más que un living con luces tenues. El lugar ahora ocupa una manzana, llena de pasadizos que te llevan a las diferentes alas de lo que remite más a un boliche que a otra cosa. 

Sin embargo, lo que suena dista mucho del cachengue y el techno. De todo lo que escuché hoy, esto es lo que me resulta más familiar. Algo empieza a volver. En los riffs filosos y el doble bombo clavado de una batería puedo ver a mi padre. Puedo verlo poniendo play a un disco de Black Sabbath un sábado a la mañana y, después, manejando camino a Buenos Aires, con La Pampa desarmándose en líneas amarronadas a los costados del auto. 

La escena conforma un arquetipo que reconozco: camperas de jean, aliento a cerveza, cigarrillos industriales. Una guitarra, un bajo y una batería. ¿Qué otra cosa hace falta para hacer una canción de rock? Bueno, podría pensar que:

PARA HACER UNA CANCIÓN HACE FALTA TOMAR LA RUTA

No analizarlo tanto. Usar la guitarra como una extensión del cuerpo y confiar en que los acordes de siempre alcancen para transmitir el deseo de subirnos a una camioneta oxidada y acelerar sin más destino que el anhelo de encontrarnos a nosotros mismos en algún lugar del camino. Haciendo dedo. Huyendo de todo. 

Lonjazo le está hablando al adolescente de remera negra que toda la vida tendré adentro. También al tipo barbudo que odia al presente musical en el que a veces temo convertirme. Me hacen una promesa que espero que se cumpla: algún día voy a escaparme de la prisión en la que se transformó mi corazón. Elijo creerles.

Epílogo 

Ya se hace tarde, pero la gente sigue trazando líneas en los espacios donde, todos los fines de semana, algo empieza a sonar. Algunas de las bandas tuvieron la suerte de tocar hoy. Otras siguen moviéndose en las sombras.

Sentados sobre la Cañada, hay tres chicos que dicen ser de un medio cordobés, que están cubriendo el festival. En unos minutos van a levantarse para ver a Camionero. Afirman que es el mejor grupo de la actualidad. Yo estiro las piernas en silencio, un tanto desilusionado. Después de todo, sigo sin la menor idea de cómo hacer una canción. 

Los músicos que escuché hoy me dirían que es tan simple como tener algunos amigos y una guitarra. Me acuerdo de la mía, con las cuerdas oxidadas, apoyada en una esquina del comedor de mi casa. Pronto recordaré mi nombre, aunque ya no me parezca tan importante. 

Alguien interrumpe mis idas y vueltas mentales, me pasa una cerveza caliente y me invita a caminar hacia la noche. Pienso que, por suerte, algunas cosas no cambiaron tanto, y doy otro paso hacia la oscuridad.