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Camionero: la ruta como una herida en el paisaje

Algunas reflexiones sobre una de las bandas más pujantes del momento y su gente, con la excusa de su último sold out en Córdoba.

Fotografía por Benjamín Méndez

Los días previos a escuchar en vivo a Camionero cargan con algo más que solo la manija de ir a un recital que, sin importar el mes en que caiga, sabés que va a ser de los mejores del año. Vienen, además, con la intuición de estar participando de algo más importante, que excede al mero show y la propia música. El viernes pasado, en la cuarta visita de Camionero a Pez Volcán –y aproximadamente la octava a la ciudad en solo dos años–, algo de esta sensación se vio hecho realidad: el público cordobés le desplegó su, creo yo, primera bandera dedicada a la agrupación.1

Es todo un hito el momento en que a tu grupo la gente que la sigue le hace un trapo. Vas al interior, a tocar para gente que no te conoce personalmente y, entre caras transpiradas a las que apenas les ves los contornos, empieza a abrirse un paño con un mensaje que al principio no descifrás y en el que de pronto te ves reflejado. Una coronación callejera, un orgullo que a la vez te llena de humildad.

El fanatismo hacia la banda, en el cual también me inscribo, es, también, fascinante: ¿cómo se da esa identificación? ¿Qué fervor despierta un grupo que, en la superficie, parece venir con una propuesta austera? ¿Por qué la gente no para de gritar y saltar sobre unas letras tan metafóricas, a veces demasiado poéticas, casi blindadas contra interpretaciones lineales?

Por suerte, mucho se escribió sobre la música de Camionero y es un lugar común la discusión sobre cuáles son sus referencias más directas. Encontrarle parecidos es el gesto que más evidencia la incapacidad de entenderlos del todo. Hay, sin embargo, otros niveles en los que buscar comparaciones, donde se vuelven incluso más difíciles, odiosas y osadas. No hay tantas bandas o solistas cuyo público las haga más grandes. Y menos todavía cuando esa pasión se conjura a través de una propuesta estética que es, por lo menos, misteriosa: la lírica filosa se monta sobre estructuras musicales que expanden la monotonía formulaica más común del género -”blues rock”, para hacerla corta- y que les da a sus dos músicos, Joan Manuel Pardo y Santiago Luis, la capacidad de agregar capas y capas de sonidos, lo que hace mucho más intenso el clímax de cada tema, permitiéndose a sí mismos y, en especial, al público, reincidir a placer en ese acto violento y liberador que es el pogo.

Digo que las comparaciones son difíciles, odiosas, osadas, porque remitir a Los Redondos se hace cada vez más inevitable. La intención no es colocar la referencia como un horizonte, como un potencial, pero sí inscribir el tipo de fenómeno que la banda genera en esa misma historia. Puede que entre las propuestas medie un abismo –y puede que muchos celebren esa distancia, incluso Camionero mismo–, pero hay ecos innegables. Si Patricio Rey evocaba el universo de las pasiones tristes y trágicas del under, Camionero conjura una escena con personajes menos morbosos, pero igualmente lastimados. Continúa la senda del rock que explora menos la rebeldía y más el dolor. No es casual que muchos temas repitan la palabra herida, apelando a distintos significados.

En sí mismo, y trayendo una expresión de sus letras, Camionero es un cuchillo negro que se fue afilando con el correr de sus discos. Sus EP I y II son más gráficos y rudos, con canciones como “999 Calorías”, “Piedra Blanca sobre Piedra Negra” y “No llorás por nada”. En los dos últimos álbumes la búsqueda fue un poco más abstracta, más conceptual, pero ganaron, en el mismo movimiento, todavía más poder de fuego. Por algo los seis temas que suelen cerrar los shows vienen de esos dos trabajos (“Genio del abasto”, “Lo hago mal, me siento bien”, “Películas Anónimas”, “Guerrero atípico”). De todas formas, esas cuatro producciones –exceptuando el EP del medio, Confianza en ti solo– repiten la forma de su final, con una pieza que en vez de arrollar, arrulla. O llora. En los EPs, los tracks que cumplen esta función son “Mañana suburbana” y “Despedida” –canción que parece gemela de “La distancia” y que, por suerte, tocaron una después de la otra en Pez Volcán–. En los álbumes, son “Loop dorado” y “Trabajando para el capital (2040)”.

Nos detengamos un segundo ahí. ¿Qué es “Trabajando para el capital”? Más allá de ser una carta, un mensaje en una botella, también es esto: jornada extenuante, rigidez lumbar, cuello destrozado, retorno a casa, crepúsculo. Una melodía que empieza sonando bajito, en silbidos entrecortados. Una letra tímida, que te pide repetir algunas de sus frases. Que te habla de tu cansancio, de tu desencanto, de cuando el amor se va y te deja un poco vacío. Como un blues a capella que en otro tiempo cantaran negros en plantaciones de algodón, a la vera del río, y que fueron el germen de algo que en Camionero está pegando una vuelta. Un himno obrero, una canción de abajo. No por nada es la que concluye los recitales, y la que hace que el público se acuerde del afuera y grite ¡Unidad, de los trabajadores! ¡Y al que no le gusta, se jode, se jode!

El contenido de ese gesto no se agota en el nombre de un tema o en el nombre de un disco (Todo lo sólido se desvanece en el aire). Camionero sabe que los dos músicos son solo el frente de algo más grande –es su lema, “Parecemos dos, pero somos un montón”–, y lo mejor que hace es no ejercer sobre sus otras partes un control total. Jugando con la estética rutera, al Camión lo complementan La Rueda de Auxilio, La Transmisión y El Acoplado, divisiones que se encargan de distintos trabajos como la comunicación, acciones solidarias y el “merchandising”. La manera en que se maneja esto último es interesante: los miembros que armaron originalmente El Acoplado empezaron haciendo merch para la banda por pura pasión, con los que llegaron a un acuerdo en el que los beneficios de la venta quedan al cien por ciento para los artistas. Si la banda quiere algún producto específico, les paga por su producción. Camionero sabe que los músicos no son los únicos productores de su fenómeno: su identidad se construye entre la propuesta estética y la adoración del público. Y a algo que podría explotar por su cuenta y beneficiarse de manera privada, como lo es su marca, opta por reconocerle su origen comunitario y ceder su comercio a sus verdaderos artesanos, habilitando que éstos tengan una relación independiente y más horizontal con el resto de la audiencia. Habrá quien solo pueda pensar en términos tristes como “fidelización”. Más acorde y esperanzador es encontrar ahí un vector para otra forma de producir y hacer circular el arte.

Últimas ideas en esa línea de interpretación: lo normal es salir de un show de Camionero empapado de transpiración, propia y ajena. Surge una pregunta, entonces: ¿cómo puede ser que, en sus recitales, uno entregue todo, y sin embargo salga de ahí sintiéndose más completo? Es como si la ecuación de la explotación laboral se invirtiera: en la jornada se enajena la fuerza de trabajo solo a cambio del precio de su reproducción. En criollo, te cagan. En la fiesta, en el recital del Camión, es distinto. Uno pone determinada pasión –diría que el promedio es: toda– y se va con más de la que puso. Como si el dar, en ese caso, pasase por otra alquimia, en la que la comunidad te multiplica.

Camionero es eso: una banda que se agiganta por su gente. Y esa condición no se adquirió por la Divina Providencia del Arte, sino que se ganó laburando, pisando la ruta: el año pasado hicieron más de ochenta presentaciones. Casi que dan ganas de que aflojen un poquito y trabajen en el disco nuevo. Porque esa es otra manija, muy poco frecuente, que Camionero enciende: la de no ver la hora de que saquen algo nuevo.

Acá, uno espera tranquilo. Con la resaca feliz del recital, que, como dicen las páginas de un libro que a veces Camionero proyecta a sus espaldas, también te deja pensando en tus condiciones de existencia, pero ahora con la mirada encendida, ilusionada.


1 Un poco arrebatado por el frenesí, no registré exactamente en qué tema fue que el campo se abrió, amagando con hacer otra fosa previa a un pogo, y le dio espacio al grupito responsable de extender unos dos metros de tela blanca con letras rojas y negras. El momento coronó un clima que se percibía desde el arranque, con peticiones y alientos para el grupo a todo pulmón, aplausos enérgicos y desvaríos aislados gritados por algunos borrachines precoces –tener a tus primeros fisuras también es un logro–.