El Chico de Sala Formosa está solo y espera. Los rulos no llegan a taparle los ojos. Parece acalorado dentro de su campera marrón de corderoy, pero todavía no ha siquiera decidido sacar las manos de los bolsillos. Mucho menos abrir el cierre. Recostado contra la pared negra debajo de los ventiladores, no puede sacar la vista de los furtivos movimientos de un ya resignado sonidista que finge las últimas reconexiones sobre el escenario.
Cuando emerge la banda por el este y trepa al escenario, el aplauso del público es al principio tímido y luego animado, en camino a lo que podríamos describir como un efusivo recibimiento. Eh, bueno, sí. Perdonen. Me distraje. Entonces el cantante deja una lata de birra al lado de la batería y acomoda sus…
No, claro, no. Me van a tener que disculpar. Pero es que el Chico de Sala Formosa revolea los ojos ante un grito que viene del medio de la multitud: ¡Mucha ropa! Una sexualización al frontman de La Grecia quien, por otra parte, permanece impávido ante las sexualizaciones cometidas contra su humanidad. ¿Qué no te gustó, Chico de Sala Formosa? ¿Es el sexo, el erotismo, el cantante de La Grecia o los chascarrillos en eventos masivos? ¿Qué viniste a ver u oír que todo esto no te está dando aún? ¿Quién sos, Chico de Sala Formosa? Me corro del gentío y hago lo que siempre odié que se haga: subo la escalera y veo el recital desde atrás y desde arriba. Solo así puedo estudiar al mismo tiempo los cuerpos en escena y la mente del Chico de Sala Formosa donde intuyo, no entiendo bien por qué, se esconde la cifra de una generación que hasta ahora me era incomprensible.
Y si sonríe recién al tercer tema sé perfectamente por qué es. A mí también me gustan las visuales que traducen a la banda en las tiras verdes del antiguo codificado del cable para los canales pornográficos. Sin embargo, no estoy de acuerdo con el otro juicio del Chico de Sala Formosa. A mí el cantante de La Grecia no me parece un fantasma ni un poser, y no pienso que su performatividad salvaje esté fuera de lugar. Rápidamente descubrimos sus tres gestos insignia:
1- Encorva la espalda y tensa hacia arriba dos de sus rulos, simulando un sátiro dionisíaco.
2- Coloca el micrófono entre sus piernas y ruega al público que se figure en él un caballo, luego galopa y se da a sí mismo palmadas en una confusión metafórica donde ahora es él mismo el susodicho cuadrúpedo.
3- Retrocede hasta la batería y se la agarra de a cabezazos con el hi-hat.
Al Chico de Sala Formosa todas estas cosas le parecen pavadas. Si él tuviera algún amigo a mano, le diría que se vayan a otro escenario. Pero está solo, y como está solo, espera.
El cambio se produce en la canción “No quiere amor”. Cuando el cantante exclama Ella no quiere mi amor, ella me quiere coger, una y otra vez, el Chico de Sala Formosa ladea la cabeza y enfoca los ojos, quizás interesado. ¿Hay ahí una inversión, siquiera inconsciente, de la figura del macho cabrío del rock clásico que se quejaba de que se le enamoraban todas las minitas que se cogía? ¿Hay un anhelo de, por fin, superar la ubicuidad del sexo en el imaginario del rock masculino? ¿O acaso estás proyectando otra vez lo que te pasa a vos en la letra de una canción, amigo mío? Sea lo que sea, hay ahora en la mirada un dejo de respeto y un ligero acompasar del tempo marcado con la punta de la zapatilla. Pero la salvación, como siempre, ha llegado un tema demasiado tarde, y el recital termina en su punto más alto.
¿Me perdonaría si supiera que lo sigo, caminando por Cañada hasta Club Paraguay, comprando una lata detrás de él en el kiosko de la esquina con Laprida? ¿Entendería que necesito entenderlo a él para formar la imagen de lo que vendrá, si es que algo en definitiva va a venir? Si me viera hacer la fila detrás de él para entrar a escuchar Autos Robados, ¿le molestaría?
El Chico de Sala Formosa es más alto que yo pero aún así decide internarse en el meollo de gente frente al escenario. Hay algo en la voz rasposa del cantante y en la fórmula comprobadísima de riff de guitarra, estribillo, bares, amigos y una femme fatale que lo atrae. Como si estuviera viendo el espectro de una banda de los 90 que, como buen espectro, lo atravesara sin lastimarlo. Está bien y punto, piensa el Chico de Sala Formosa, está bien y punto y ahora que se acabó la lata me voy a esperar a otro lado. ¿Qué esperás, hermano mío? ¿Quién es ese que va a venir esta noche?
Como es mucho más corpulento, joven y despreocupado que yo, tarda una media hora menos en salir de Club Paraguay y hacia el crepúsculo cordobés. Entro en pánico cuando logro salir y ya no lo veo. Mientras escaneo la pirca de la Cañada, donde se sienta la gente que vino acompañada a hablar de la gente que no vino, intento descifrar a dónde continuará su faena.
Me paso una hora errando, en ambos sentidos: no está en el Pez Volcán donde Salas Velatorias ejecuta la enésima salvación del rock nacional, no está de nuevo en Sala Formosa donde los Trisomía han elevado toda la estructura un metro sobre el suelo y dejado a los desprevenidos caminando por el techo, tampoco está en Chilli, ni en Boiler. Se cierra la noche sobre mí y tengo la nota en la cabeza a medio escribir. Si se volvió a su casa en el clímax de la crónica voy a tener que cambiar la idea. Ponerme a hablar de música o alguna otra estupidez. O peor, quizás tenga que inventar un final: narrar que me lo encuentro y le pregunto qué piensa de esta generación de músicos, de esta generación de público, de la generación de energía o de la generación de empleo en el cinturón industrial del Gran Córdoba. Él me responde un montón de cosas, de las que anoto solo aquellas con las que ya estaba de acuerdo de antemano y cierro con una crítica solapada al evento. En tres meses con algún buen contacto estoy escribiendo en Infobae.
Pero el tipo aparece donde menos lo hubiera esperado: exactamente donde lo estaba buscando todo este tiempo. Al frente de Club Paraguay, con un pancho gigantesco entre las manos. Absorbido como estaba en mis elucubraciones, olvidé que el Chico de Sala Formosa es un ser humano, y como tal sufre las vicisitudes de la carne. A su lado -es un decir- una chica, que no pinta ser la Chica de Sala Formosa, o cuanto menos no la Chica del Chico de Sala Formosa. Tiene unas bucaneras negras que le llegan a la rodilla, una pollera de jean y una campera blanca abierta de peluche que apenas tapa una remera de las Irmanas (¿estaré describiendo una especie de Monstruo de la Moda? De ropa sé menos que de música). Entre la Chica de la Cañada y el Chico de Sala Formosa hay fácticamente veinte centímetros de distancia, pero bien podrían ser veinte millones de kilómetros puesto que nuestro amigo no saca la vista del pancho hasta no bien lo ha terminado, se levanta y cruza la calle para hacer la fila de Club Paraguay. La Chica de la Cañada lo mira irse y eventualmente pierde la mirada en el horizonte a contramano de los autos. Ahora es ella la que está sola y espera. Ni por toda la plata del mundo podría adivinar si entre ellos se conocen.
Me pongo en la fila yo también, a unos cuatro o cinco cuerpos del Chico de Sala Formosa. No recuerdo bien qué banda venía ahora. Son las doce de la noche, me duelen las rodillas y tengo hambre. A una cuadra de distancia, mientras paso por el umbral de Club Paraguay, veo que se empieza a formar la fila de Vlack, uno de los boliches insignia de Nueva Córdoba. Son dos o tres decisiones en la vida las que te llevan una cuadra más acá o más allá, el Chico de Sala Formosa o el Chico de la Fila de Vlack; la Chica de la Cañada o la Chica del VIP de Bartó. Entro, atravieso el lobby y la primera barra y me interno en la muchedumbre por última vez, espero, en la madrugada.
Cuando un grupito empieza a cantar Dale camión, dale camión, dale camión, los labios del Chico de Sala Formosa acompañan. Hemos llegado, por fin, a su lugar en la noche. Sigue entrando gente y, en mi esfuerzo por no perderlo, quedo literalmente pegado hombro con hombro con él. Por los parlantes suenan los Greatest hits de los Redondos y puede reconocerse a simple vista a todos los boludos del establecimiento porque se sacan la voz cantando y haciendo pogo. El Chico de Sala Formosa, sin embargo, asiente y sonríe. Los entiende, no se apura en juzgarlos, son más parecidos a él que distintos.
Cuando las luces se apagan y suenan los primeros acordes de Camionero, es como si el piso de Club Paraguay descendiera un metro y todo el público saltara en el lugar para recuperarlo. Él apoya toda la palma de su mano en mi cuello y se impulsa hacia arriba y hacia abajo, por lo que quedo estaqueado en el suelo y soy vapuleado de todas partes. No me importa, es la primera vez en la noche que lo veo así. Entusiasmado, apoteósico, vital. Corre hacia adelante pasando entre los cuerpos como el agua entre las piedras y yo lo sigo, aprovechando el hueco que deja en su estela.
¡Que se vayan a la mierda Chico de Sala Formosa! ¡Reventémonos las cabezas en el pogo de Camionero!
Cambia el tema y los pesados del frente abren espacio preparando la masacre. En el quilombo lo pierdo, y por más que cogoteo no logró volver a verlo. Entra la guitarra y me tiro de cabeza como si tuviera diez años menos, como si recién llegara. Hay alguno que se cansó de pegar piñas y ahora ya está repartiendo patadas a los tobillos. La canción es hermosa y me gustaría saber qué dice la letra en medio de todo esto. Algo me agarra de atrás y me hace una llave de león que me cierra la garganta. Clavo las uñas en un antebrazo débil pero decidido, que no suelta. Cuando pierdo las fuerzas y el equilibro, al caer veo por primera vez los ojos del Chico de Sala Formosa: negros, idénticos, colmados. Quedo tendido boca arriba. El Chico de Sala Formosa se planta con sus dos Adidas rojas sobre mi pecho y salta: podría jurar que en el apex toca el techo, las luces de Club Paraguay.
Mientras bajan las suelas de sus zapatillas, contraigo los pectorales para facilitarles el rebote. Y ahora que todos están en el aire y tengo línea directa con el escenario por unos instantes, me llegan con claridad las palabras que murmuro con el resto de energía que me queda después de esta larga, larguísima noche, larga como todos estos años:
Nada es fácil, casi todo siempre es una herida
Nada es fácil, casi todo siempre es una herida
Casi nada es fácil, todo siempre es una herida