Hay artistas que habitan mundos. Otros los crean. La gran figura actual del rap de nuestro país pasó por Córdoba y dejó en claro en qué categoría juega.
Casa Babylon se oscurece. De golpe, se escucha: “¡Es Pablo Podestá, ja, ja, ja, jaaa! ¡Es Pablo Podestá, JA, JA, JA, JAAA!”. Con la fuerza de un himno, la presentación llega a su punto cúlmine. Una avalancha de personas, nutridas por el fervor, se arrima al escenario. Firmas, fotos, choques de puños y agradecimientos se consolidan como la última imagen del show. ¿El responsable de la postal? Nicolas. Mir Nicolás.

En el marco de una gira nacional, el rapero, beatmaker y productor de Pablo Po’ pasó por Córdoba para presentar La Ciudad Del Pop, (LCDP, de ahora en más), un álbum que “te suena japonés yankee, pero es argentino”. La pieza es la última figurita de su catálogo solista, compuesto por una serie de obras que datan de principios de la década y lo han posicionado como uno de los grandes referentes del rap argentino de esta era, sino el más. Lo interesante, en todo caso, es que lo que el disco termina de confirmar: Nico no es solo un artista con un universo propio; es un universo en sí mismo.
Mir habita e interpreta la estética de sus obras con una precisión que pocas figuras del género comparten: desde las formas de rapear hasta los diseños de portada, desde el slang hasta la elección de cada sample. Su recorrido va de los primeros grimmeys de Ingrávidos Squad junto a Ruin a la música caribeña, los raps más estrictos, trap experimental y el pop más fresco y vibrante. Nico es dueño de un estilo único, particular, novedoso, que muta constantemente, pero se mantiene siempre reconocible. El salto más visible pudo evidenciarse, sobre todo, desde 2024, con Spinettaje Intenso (S. I.) y S. I. Deluxe: en el primero ordenó y elevó la vara del rap argentino; con el segundo planteó un legado: “Estoy salvando el rap de mi país / Yo confié igual aunque te vi, Caín / La vida premia tarde / Sharau a todas mis bitches que me aguantaron cuando vendía cable”.
La receta es una: volver a lo nuestro. En sus discos samplea obras nacionales con la idea de fortalecer el poder de lo autóctono. Así, revalorizó a grandes baluartes de nuestra tierra como Luis Alberto Spinetta, Valeria Lynch, Jorge Dalto, David Lebón, Sandra Mihanovich y muchos más. Con ese gesto renovó la mirada: se puede hacer mucho con lo que ya tenemos. La técnica es reutilizar, integrar y transformar el imaginario musical argentino, volviéndolo contemporáneo, sin perder las raíces. De esta manera, sentó las bases de un modelo que otros colegas replicaron con resultados destacables. Valle Chakal Ki de Alkoy o Ballet para las masas de Nasir Catriel y Fasciolo hablan por sí solos.
Con LCDP, el alquimista vuelve a su laboratorio para retomar sus métodos y técnicas. Lo hace mezclando dos energías: obras nacionales con rasgos del city pop japonés de los ochenta y los raps más filosos, con influencia directa del estilo neoyorquino: “To’s los flows que yo tengo y uso son todos yankees, yo no escucho español”. El resultado refleja el porte de un artista más maduro, adulto, con una búsqueda sonora que evoca nuevos sentimientos, en una fusión inédita para el rap nacional.

Todo universo tiene su idioma. El de Nico es la jerga podestina. Basta recordar títulos como La ciencia de las malas mañas, o frases como “spinettaje intenso en el fanfarroneo”. Y no por ser solo una “jerga” como tal: es una construcción que mezcla modismos de la calle argentina, lunfardo, spanglish y deformaciones intencionales de palabras para crear un código lingüístico, a mitad de camino entre lo estético y lo identitario. Se trata de la apropiación de lo cotidiano como recurso poético, en cruce constante con referencias culturales múltiples: “To’s los bille en mis bolsillos son de Belgrano y María del Valle / (…) Le damo’ bola al piluso, ‘so por iluso están que les re cabió / Todos quieren ser la cabra, pero al final uste’ fue quien se cabreó / Los yankees me dicen on fire, lo’ argentino’: ¡La puta que te pario!”.
El vivo es el lugar donde la jerga abandona el texto y se encarna en la tarima. Es ahí donde se comprueba su poder como código compartido. Entre el “de acá nos vamos a ver a La Mona” de Mir y los gritos de “¡dale culiado!” del público, su repertorio en Babylon pasó por sus tres obras más grandes. Un recorrido en flash: sonó algo con Nico Miseria, sonó “CIFRADO ‘94” (2022). Roman Yougareth subió al escenario para interpretar “Dua Lipa” de “Gran Turrismo” (2023). Después se sumó Killimet y “No Delatar” (2024) cobró vida en la sala. Pero el momento bisagra fue “Tu Amor”, de S. I. Deluxe. Cuando Mir soltó la barra “antes de ser quien soy, fui paciente oncológico“, la ovación paró el show. No hizo falta agregar nada más.

Todo lo que toca Nico Mir lo hace oro. Prueba de ellos son sus colaboraciones, tan eclécticas como inconfundibles: Dano, Nico Miseria, Santiki, Lee Scott, DJ Swet, Cerounno, N-Wise Allah, Holy K, Mar Marzo, Lord Juco, Jaloner, Crimeapple. Y claro está, Lulo y Valen (muy presentes desde S. I.), que –a mí parecer– funcionan como una parte fundamental de su proyecto. La garantía, en todo caso, siempre es la misma: todo suena a Mir. Sus álbumes en conjunto terminan de confirmarlo: GUASO GUASO, VOL. 1 junto a Santiki, 2017 junto a Nico Miseria y A BCN DREAM junto a C. Spaulding son tres piezas imprescindibles de una discografía cambiante y, a la vez, atravesada por una misma firma.

Una firma de trazo pesado, cargada de trayectoria, estilo, influencia. La de alguien que domina distintos planos, géneros y códigos sin diluirse. Mir Nicolás no orbita otra escena más que la suya: su propio lenguaje, sus propias referencias, sus propias reglas. En esa constancia, se revela como un artista de época. Lo que queda, show tras show, disco tras disco, es esa certeza: “Creo estar en Messi modo / Exitoso, periodo”.
