En Ole poco el embrollo, cinco identidades convergen para escupir con la sangre hirviendo. Puro y la Resurface sellan una alianza con el pulso inconfundible de Córdoba, entregando un disco que no da respiro.

En el hip hop cordobés, pocos nombres cargan con la gravedad específica de Puro. El rapero, productor y beatmaker cimentó una reputación a fuerza de constancia y de ejecutar el arte de escupir con una maestría técnica que, a sus veintitantos, ya se ha ganado el mote de culto. Tres años y medio pasaron desde Moondog para que el mago sin trucos entregara su segundo álbum de estudio. Razones habrá tenido para dilatar el silencio de larga duración, mientras los EPs se acumularon a rolete en su catálogo (incluido Climax Febril junto a Xiscotucci). Según dejó ver en Border, es probable que el hastío, la autoexigencia y cierta desesperanza hayan operado como diques de contención.
Del otro lado, la Resurface: Tiel, C Humilde, Dairo y Xiscotucci, cuatro emcees definidos por el hambre de comerse el mundo y una rebeldía que terminó, por pura ósmosis, reavivando el fuego en Puro.
Bajo esas credenciales se presenta Ole poco el embrollo, un disco colaborativo que materializa una alianza forjada entre el desborde y el rigor. El encargado de abrirlo es Tiel: lejano a Yechezk’El o Al Detalle, en “No le bajo” muestra una agresividad cuasi inédita, sumada a una mutación en el tono que encontraba bajo la tutela de Dwav. El tema avanza y la escucha se vuelve febril: una disociación térmica provocada por tipos que no paran de rapear, que le declararon la guerra al silencio.
Puro emerge con paños de agua fría, pero la tranquilidad es un espejismo: Xiscotucci irrumpe con una verborragia furiosa que niega el oxígeno. Se siente como un bloque de hielo envuelto en llamas. Ahora, es el turno de C Humilde, quien prolonga la asfixia hasta que Dairo entra caminando descalzo sobre el fuego; para él, el caos es un colchón cómodo donde arrojar sus rimas con la impunidad del talento autoconsciente. Para cuando termina el tema, la térmica ya está en lo más alto. Ese es el clima del resto del álbum.

Sostener la cohesión en un ecosistema donde conviven cinco bestias de pelajes tan disímiles requiere de una ingeniería fina. Estamos ante una convergencia de estilos que excede lo melódico para instalarse en el terreno de la retórica: cada uno tiene una forma radicalmente distinta de narrar su propia existencia. Es fascinante observar cómo la Resurface obra en tramos extensos del disco, desde una pulsión de destrucción creativa, una necesidad fisiológica de ir al choque, de generar disturbio y tirarle piedras a los vidrios de la corrección.
Ahí es donde Puro, omnipresente en la producción, ejerce su rol de alquimista. Con participación en diez de los doce tracks, domestica esa energía centrífuga, mengua la aspereza del bardo con una musicalidad superadora y se encarga de inyectar estribillos de alto calibre que transforman el grito en posibles himnos. La amalgama resulta hipnótica precisamente por esa fricción: la irreverencia dirigida por una experiencia técnica que sabe exactamente dónde colocar cada pieza para que el edificio pueda elevarse sin colapsar.

La genealogía de este proyecto se explica desde lo urgente y lo casual, lejos de cualquier cálculo de laboratorio. La historia fundacional de la Resurface narra que, años atrás, Becky Badass invitó a C Humilde a abrir uno de sus shows. La escasez de un arsenal de temas propios para cubrir la demanda temporal del escenario lo obligó a buscar refuerzos, convocando a Tiel y Dairo para complementar el acto. Los tres ejecutaron un tema por cabeza y la contundencia de la presentación les garantizó un nuevo llamado. Fue en la dinámica de los ensayos posteriores donde Xiscotucci terminó de sellar la formación actual como cuarteto. Esa hermandad, nacida del hambre y la tracción a sangre, genera en su audiencia un sentido de pertenencia visceral, una identificación que trasciende el gusto musical para, por momentos, volverse militancia. La prueba irrefutable de esto ocurrió en la última fecha de la competencia de freestyle, Don Rimador: durante las semifinales que enfrentaron a Tiel contra C Humilde, el público decidió omitir el voto individual para rendirse ante el colectivo, sacándose la garganta para corear las tres sílabas que lo explican todo: “Re-sur-face”.
A su vez, para la crew, Ole poco el embrollo marca su debut absoluto de larga duración, una ópera prima que adquiere cierto volumen histórico al gestarse en simbiosis con Puro. Su presencia funciona como una credencial de acceso a las grandes ligas; los cuatro integrantes encuentran en él la autoridad necesaria para legitimar su propio asalto a la escena. Con una lucidez que arrastra desde el interior de la provincia, Tiel sintetiza esa admiración y establece la jerarquía: “El Puro confió y ya era leyenda cuando yo me las mandaba en Bell Ville”. La frase cristaliza el reconocimiento del linaje: el respeto hacia quien desmalezó el camino es el cimiento sobre el cual ellos, ahora, levantan su propia mitología.
Tiel avanza sobre toda la instrumentalidad del disco sosteniendo un mantra que sirve como brújula: “Cada disco la verdad de la milanga”. Su lírica confirma el pacto de sangre donde la lealtad precede a la supervivencia individual. La frase “amo a mis ñeris más que a mí” pesa toneladas en este contexto de fraternidad. En esa misma frecuencia de exposición actúa Xiscotucci, quien en “Sin Futuro” despliega una arquitectura emocional compleja, una declaración de amor tan descarnada que obliga a empatizar con su fragilidad. C Humilde completa este cuadro de introspección visceral: sus versos funcionan como radiografías de un entorno que duele. El lamento por la transformación del barrio, donde los íconos de la infancia como Chespirito fueron desplazados por el “chipiadito”, y la maldición lanzada al día exacto en que “el negro LB conoció la merca”, son documentos sociales, fotografías del desgarro personal.


El caso de Dairo exige un tratamiento diferenciado. Su irrupción en el disco dinamita los arquetipos del género para instalar una identidad que prescinde de las etiquetas tradicionales. Sobre un sample de guitarras eléctricas, planta su bandera en “Si no nacían acá jugaban en primera”:
Yo no soy una cara rapera
soy lo que sobró de la comida de ayer para recalentar
Soy lo que no se compra con billetera
Llevo con orgullo una bandera taggeada y bardera
de las caras villeras que si no nacían acá,
jugaban en primera
La ajenidad de Dairo respecto a la “cara rapera” tiene un anclaje biográfico concreto. Sus influencias y sus ídolos pertenecen al universo del cuarteto: “¿Cómo les explico a los wachos que mis idolos no rapean?”. Esa desconexión con el canon estético del hip hop ortodoxo potencia su autenticidad. Su estilo es la consecuencia directa de ser quien es.

Esa filiación se cristaliza de manera absoluta en la quinta canción del disco, “Por mi sangre”, una alianza entre Puro y Dairo que inicia con la voz de la máxima deidad de la provincia. Juan Carlos Jiménez Rufino irrumpe con una proclama histórica sobre la tardanza de los porteños en reconocer la existencia de una música cordobesa y la incertidumbre de exportar ese sonido fuera de las fronteras nacionales. La inclusión del skit planta la obra en una coordenada inconfundible y establece que lo que suena es una consecuencia sónica del Suquía. La voz del Mandamás aparece como un sello de agua que certifica la denominación de origen, aferrando las barras en una tradición que excede al rap para dialogar con la cultura popular masiva de la región.
Nota obligada del autor: la física de la escucha se rompe inevitablemente en este punto. El estribillo detona una orden cinética que el cuerpo obedece sin consultar al cerebro. Cuando Puro repite “voy a ponerte Jiménez / voy a hacer un desastre”, la pegada del hook invade el sistema motor y me obliga a abandonar la horizontalidad de la escucha (acostado, en la cama) para cambiar de perspectiva. Escribo de pie, bailando, sacudido por una rítmica que promete y cumple el caos festivo. La música de “Por mi sangre” logra que el ambiente privado se transforme, durante cinco minutos, en una sucursal del baile, confirmando que la alta competencia lírica puede convivir perfectamente con el descontrol.
Mientras el cuerpo se sacude, la imaginación proyecta la urgencia de validar esta experiencia en el campo de batalla. La fantasía de estar ahí, en el medio de la olla, se vuelve una necesidad física: visualizo el pogo, la transpiración compartida y las gargantas rasgadas coreando esa promesa de quilombo cuartetero como si fuera el himno nacional de una república independiente. La escucha doméstica, por más volumen que le imprima, es insuficiente. Este tema nació para detonar un recinto donde el “desastre” sea la única forma posible.
Cuando el disco termina, el silencio vuelve, pero la temperatura no desciende. La fiebre mutó a euforia. El bloque de hielo es ahora un charco de agua tibia, evidencia de que Ole poco el embrollo cumplió su cometido: incendiar la calma.