A mí el tecno me gusta bien nazi: que por instinto me ponga a seguir disciplinadamente un ritmo regular y enérgico de marcha militar acelerada. Me gusta que genere un clima de uniformidad en el baile y con la gente. Que, fraternizados en una frecuencia, refractemos una mímica teatral de trabajo fabril o de pelea a puño limpio.
La música de esta noche cumple este deseo parcialmente: por momentos es láser, por momentos es de cámara, por momentos me sume en un debate sobre si el antecesor directo de la electrónica es el jazz o es la música clásica. A veces retumba un eco como del onduleo de una chapa, a veces suenan chispas de una soldadora. Lo más parecido a hacer música con la chimenea de una fábrica de la ford es escupir en el tubo de un saxofón, en la tubería de una trompeta. Pátinas de hollín y de saliva en los conductos internos de instrumentos de viento exigidos en los sótanos de ciudades con cientos de kilómetros de líneas de subte. A mí me gusta el tecno bien nazi, que engulla el espíritu anarquista del bebop en una síntesis binaria donde lo que se exprese sea exclusivamente el deseo de la máquina. La música de esta noche cumple parcialmente con este deseo: hace rato que suena un tema con una voz gótica y autotuneada que dice: YOU HAVE TO GIVE ME WHAT I WANT / YOU HAVE TO GIVE ME WHAT I NEED. Este abandono de mí mismo es lo que celebro: ni yo ni los viejos que tengo al lado sabemos qué es lo que estamos entregando cuando sin chistar acordamos sostener este vaivén oscuro.
Milagro para los tiempos que corren, nadie empuja, nadie habla a los gritos. Es una noche que, sin anunciarlo, reúne a la creme de la creme de los viejos tecneros de Córdoba. El DJ de sesenta años pone un vinilo atrás de otro en un tránsito sin fricciones: manipula su equipo austero con la maestría que se le exige a cualquiera que ose hacer un live set. Si le prestás atención a su laburo, le descubrís nuevas capas a la música, pero si te desentendés, te envuelve. Ese es el cénit de la obediencia en mi mundo: la figura de autoridad es invisible y superflua. Porque los agentes de las fuerzas del orden son siempre una presencia desagradable, incómoda, verlos arruina la fantasía de que la ciudad es una sola y somos todos uno con la ciudad. Un año atrás, era una chica trans la que te dejaba pasar y vigilaba la entrada. Hoy tenés dos oficiales masculinos y uno femenino. Vi cómo le abrieron la riñonera a un artista plástico reconocido; cómo le pidieron el documento a dos chicas con afros y aros redondos muy grandes que parecían salidas de una película de Jack Hill. Y es así a donde vayas: siempre está la policía. Acá no va a pasar nada, su control es laxo. Aunque me palparan de onda no preguntarían por el bulto que se siente en el bolsillo de mi pecho. Mi tabaco, señor, vaya y pase.
Este bolichito es de los últimos sin patovicas entre el público y puedo vender tranquilo. A mí me gusta el tecno bien nazi, y esta noche el DJ vino bastante amanerado: demasiadas mesetas sin mucho punch donde no me queda otra que trazar una medialuna y ofrecer un poco. Algunos me reconocen de toque, y si no me compran al menos me saludan. Pero salgo a vender muy cada tanto, y siempre me visto diferente. Parezco personas distintas. A veces ni parezco una persona: para el resto soy una figura que viene y que va, que te cruzás una, como mucho dos veces en toda la noche. En el medio, estuve en mi entrega personal: suelto entre los sonidos y los cuerpos con los que busco hermanarme. Cuando una ola empieza su descenso hasta romper la costa, ya hay otra ola formándose atrás. así estructuran la mayoría de los DJ la progresión de sus temas. Si entendés qué sonidos son de la primera capa y cuáles de la segunda, te acoplás y automatizás tu trance.
A mí me gusta el tecno bien nazi: pero cuando el DJ mete vientos tras vientos, vientos deformados y rústicos que salen de entre los restos de un galpón fantasma, no puedo sino sentir una nostalgia por un futuro que no viví pero que pudo ser nuestro. Trágicas bellezas: una central nuclear abandonada, un dique rajado en el medio de un valle totalmente seco, una geografía espectral rodeando ciudades que ignoran que son, en realidad, una trinchera. Es ridículo lo que está sucediendo en este bolichito: el DJ mezcla un remix de Encuentro en el río de Virus. Le saca lo más característico: la guitarra agudísima que suena como una espalda silbante, con la que la voz de Moura hace contrapunto. Es ridículo porque es un gesto increíble: extrae el sonido más especial de una canción de la banda que mejor representa el clima de la posdictadura, y lo sustituye por unos sintetizadores, y el tema que se engendra sigue siendo apabullante. Así es el tecno criollo: reconfigura nuestro propio repertorio nacional.
Pero no hay caso, a mi me gusta el tecno bien nazi: uno en el que en mi cabeza escuche tiros aunque no existan, uno que me recuerde al himno de un país que masacra a las generaciones más jóvenes de sus enemigos. No es mi noche. Y como estoy vendiendo, hago la de siempre: rajo antes de las cuatro. Un tipo solo, encorvado como un dibujo animado, con las ropas largas colgándoles como un sauce. Desfilo involuntariamente por la pasarela de las buenas formas del Código de Conducta de la Provincia de Córdoba: al parecer, desapruebo.
– Flaco – escucho a mis espaldas- ¿Ya te vas, flaco?
– Sí jefe, ya estoy viejo para tanta gira -le digo sonriendo, aunque sé que luzco triste-.
– ¿Y entraste así sin nada? ¿Tenés el documento?
En un mismo gesto, con una mano saco la billetera y con la otra voy al bolsillo del pecho. mientras le doy al policía la billetera abierta para que compruebe mi identidad, con la otra mano dibujo un arco como si arrojara unas boleadoras, y la bolsita que tenía va a parar al cauce medio muerto de La Cañada. La oficial femenina se altera y espeta:
– ¿Qué tiraste flaco? ¿Qué tenías ahí?
– Nada, señora, no se preocupe. Era solo una bolsa con tabaco.