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Poder mirar el alma: el trance de Ramiro Collado

El artista sanjuanino se despacha con un primer álbum de climas envolventes: un viaje de sintetizadores, texturas y canciones que proponen una inmersión hacia adentro.

Una frecuencia de sintetizadores que se transforma, muta a través de acordes. Sobre ese umbral, la voz entra con imágenes de niebla, paisajes inhóspitos, caminos de cristal y una canoa que se refleja en el agua; destellos de luz. Los sintetizadores respiran y reaparecen, ahora con pianos: arpegios que se cruzan hasta desestabilizarse en contratiempo. El clima se tensa. Desde el primer track de Poder mirar el alma, Ramiro Collado te sumerge en una atmósfera de ensoñación, tan profunda y vasta como el océano.

Fotos por @roja._____

De entrada, el aura sonora remite a Bocanada (1999) de Gustavo Cerati. Más específicamente a “Alma”, donde una nebulosa envuelve el espacio y pareciera cambiar de color con cada nota. Ese mismo efecto onírico hipnótico atraviesa al disco debut del sanjuanino, hace tiempo radicado en Córdoba.

La escucha resulta tan placentera como inquietante: hay belleza en sus sonidos, pero también una incomodidad persistente. Esa tensión se traslada a las letras: “Entre tanto dolor / mis entrañas se abrirán”, expone Collado en “Comen de mí”. Es que mirar para adentro implica una vulnerabilidad que rara vez ofrece certezas; en todo caso, refleja imágenes que nos dicen todo o no nos dicen nada.

En “Animales”, la batería irrumpe con un ritmo más intenso, en clave rockera. Las capas sintéticas se densifican, mientras la guitarra gana protagonismo con un solo eléctrico que toma la forma de un llanto eufórico. En crescendo, todos los instrumentos se unen para culminar en una avalancha de caos. Y acá se muestra la identidad sonora de Poder mirar el alma: lo electrónico nunca desaparece, pero el disco sabe cuándo ceder el centro y darle lugar a la materia orgánica. Ese peso más físico, con ecos del rock setentoso, funciona como contrapunto para darle equilibrio a la síntesis.

Lo que define a todo el álbum es la carga emocional que crean los sintetizadores. A veces suenan rotos, interferidos, como una textura granulada que persiste de fondo. Otras, se convierten en patrones titilantes. En “Vórtice”, ambas conviven en simultáneo: frecuencias que se mueven entre la melancolía y la esperanza. Esa construcción de capas que se expanden y se repliegan conecta con la veta electropsicodélica de Pink Floyd. Algo de la espacialidad meditativa de “Echoes” y la densidad de frecuencias superpuestas de “On the Run”.

Si las referencias ayudan a ubicar el sonido, Poder mirar el alma termina de definir otra cosa: una nueva dirección en la obra de Ramiro Collado. Atrás quedan los singles “Donde vas corazón” y “Presagios”, más cercanos al synth pop ochentoso y a una búsqueda estética extrovertida. Allí la música proyectaba la emoción hacia afuera, con el impulso de salir y perseguir la noche. En su ópera prima, en cambio, la mirada se invierte: cada canción parece avanzar hacia un territorio más contemplativo, donde la exploración interior reemplaza a la euforia.

En Poder mirar el alma, las texturas se escuchan espesas y sin bordes; los acordes se disuelven en otros, mientras los instrumentos aparecen y desaparecen en un mismo flujo. Su temperamento es el de un oleaje en un mar inmenso que no termina de romperse. Calmo pero con algo de movimiento. Vamos cambiando de color como la piel al sol, canta Collado en “Astros”, la última canción. Cuando llega al final, algo parece quebrarse: los platillos suenan incandescentes, como anunciando el cierre de ese viaje interior. O quizás el inicio de otra tormenta: la que se desata en plena consciencia.