El Festival PRGY desplegó su propuesta musical sobre un barrio atravesado por quince años de valorización inmobiliaria, embellecimiento y control. Una mirada sobre aquello que el mapa deja en negro.
El fuego que acaricia el corazón
devoró el resplandor de la ciudad
y un murmullo de metal
cuando la luz se apagó
fue nuestra última calma
Una ciudad es el resultado del juego de fuerzas entre los distintos actores que quieren y necesitan hacer uso de ella. Como si la circunvalación fuese las cuerdas elásticas de un ring, adentro quedamos apiñadxs, disputando todo el tiempo lo que podemos hacer en y con el espacio común –que cada vez es menos o está más regulado, más vigilado, más rígido–. Pero, a veces, ese “estar juntos” es solo una apariencia, y las lógicas que explican nuestros encuentros y desencuentros se parecen a las burbujas informacionales que soplan los algoritmos: nos desplazamos en un mismo espacio, pero en circuitos que se chocan solo cuando hay una falla en el sistema. Quizás la zona en la que se realizó el Festival PRGY este 10 de octubre sirva de ejemplo.
Primero, un mapa: unas líneas de crayón amarillo sobre un fondo negro trazan las cuadras donde se desarrolla el evento. Los únicos dibujos rescatan la existencia y la ubicación de los escenarios que ofician de sede. Entre medio, cuadrantes vacíos, perdidos en lo oscuro.

No es una zona inocente, la que hospeda al festival. Son las cuadras de toda la ciudad que más concentran operaciones públicas y privadas para subirle la categoría. Empedrados, luminarias, ordenanzas que cuidan e instrumentalizan el patrimonio, policía y cámaras de vigilancia. Bares de tragos, microboliches, clubes “secretos”, restaurantes caros funcionando en la penumbra. Desarrollos inmobiliarios bajos pero exclusivos, estacionamientos premium, pet shops, sex shops, galerías con gastronomía internacional, negocios de hobbies cuyo stock pasa por la aduana. Ya asimilado, este Güemes Soho finge una apertura que escenifican quienes viven de y por la calle, pero que revela su verdadero rostro cuando convoca en masa a su ciudadanía modelo. Empilchadxs, emborrachándonos impunemente en la vía pública, rebotamos entre los escenarios del mapa como si la zona fuese nuestra plaza, nuestro gran patio del colegio. Mientras naturalizamos el resultado, en el medio quedan rezagadas algunas memorias.
Güemes nació en el siglo XIX como la primera parte “espontánea” de la ciudad, que no fue planificada por el Estado. Algunos de sus sectores en ese entonces se conocían como “La Bomba” o “El Infiernillo”. Se formó por la acumulación de comerciantes que paraban al suroeste del centro y estacionaban sus carretas llenas de productos traídos de distintas partes de la provincia. Después devino barrio obrero y el crecimiento del centro lo fue engullendo y cercando contra el paredón de La Cañada, que parece ser todavía un límite difícil de superar para el desarrollismo. Desde 2010 en adelante, las iniciativas municipales de embellecimiento estratégico de los “barrios pueblo” reemplazaron casi completamente el carácter residencial de la zona hasta transformarla en un gran atractivo turístico y en el punto neurálgico de la gastronomía del centro. La tierra de Güemes fue la que más aumentó su valor en los últimos quince años, haciendo viables megaproyectos como Pocito Social Life (después de haber desplazado, en los noventa, a los habitantes de un barrio autoconstruido).
Caminando por estas calles se sienten sus costos: empeoramiento de la oferta residencial –con mayores exigencias contractuales y una demanda que se traslada a zonas aledañas, menos acondicionadas–; encarecimiento de los alquileres comerciales y de los servicios (es gracioso: podríamos decir que nuestros impuestos se usan para elevar los costos de las zonas que después la publicidad oficial nos hace desear); y una política de control sobre los cuerpos que no se ajustan al modelo de vecino que idealmente habita el render de este Güemes tomado por asalto.
¿Quiénes más pagan las consecuencias ahora? La Feria de los Artesanos, por ejemplo, reubicada sobre la peatonalizada calle Belgrano. “No organizaron nada: no te dejan correr de la vereda los tachos cuadrados estos para los residuos, y en la otra cuadra los feriantes tienen que laburar entre medio de la basura”, me explica el dueño de uno de los escenarios que participa del festival. Feriantes desplazados por ¡diez! meses mientras la manzana de la feria es tapiada con unas chapas para velar un proyecto que ellos mismos desconocen. “A veces nos subimos a la tapia a chusmear qué es lo que están haciendo”, cuenta un laburante que tiene un puesto hace más de cuarenta años. “No se entiende nada, sacaron el revoque de las paredes, levantaron todos los pisos, no tenemos idea de cómo va a quedar. Todo están cambiando”. Le pregunto si es parte del plan enrejar los accesos para evitar que la gente use la plaza para dormir a la noche. Dice que sí.
Circuitos cerrados
Conversaciones que suceden yendo de un lugar a otro. Desde un restaurante irlandés con los asientos contabilizados hasta un Salón de Usura Múltiple que fue incorporando espacios y funciones y en cualquier momento se traga la Casa de Pepino. O desde un minimalista y aséptico bar hasta el boliche con parking propio al que se le olvidó preservar el patrimonio histórico. Es un tránsito placentero, alegre. Un morboso disfrute de una violencia sorda y muda.
Vuelvo a pensar en el mapa, en cómo abstrae todo lo que queda “entre” un escenario y otro. Pero no es el único que intenta disimularlo: todas las políticas de regulación y de control sobre este espacio tienden a adecuarlo a unos estándares que no se corresponden con un uso libre y espontáneo. Fachadas recientemente pintadas, vigilancia que previene el “vandalismo”, incluso enormes afiches que, con una estética “urbana”, paradójicamente cubren las pocas paredes que los ciudadanos podríamos rayar para expresar nuestras consignas, y así disputar un orden visual colmado de discursos publicitarios y políticos. Eso es lo que algunxs llaman “entornos”: enclaves clasistas que combinan espacio y experiencia, tecnología e infraestructuras con operaciones –ideológicas– sobre la sensibilidad.

Es curioso cómo los interiores de los establecimientos del festival responden con continuidad a esa producción y regulación del espacio urbano: revisión de bolsos, baños inmaculados, carteles que afirman un compromiso medioambiental, pantallas digitales que reemplazan a algún que otro cajero –acá andamos, escuchando Autos Robados en un McDonald´s–. Minúsculas bases militares de la industria cultural donde la gente poguea con más ganas las canciones combativas de los Redondos que las de la banda que fueron a escuchar.
En los escenarios y entre los escenarios, como público refrendamos con nuestro comportamiento estos procesos de transformación. Nuestra forma de habitar y circular por estos lugares también es fruto de las operaciones materiales y simbólicas que encarecen el suelo y regulan sus usos, y ayudan a entender el desarrollo de un festival sin fricciones. El éxito del nuevo civismo céntrico alienta la extensión de la conquista de Güemes más allá de la calle Pueyrredón, hacia el sur, zona para la cual se diseñaron nuevas “herramientas” legales que permiten a los desarrollistas construir a gusto y piacere las nuevas urbanidades del futuro –¡de alguna forma hay que absorber el excedente del campo cordobés!– . Estas y otras son las tácticas oficiales aplicadas en la permanente lucha por dirigir los disfrutes permitidos. Son formas que parecen incluirnos, hasta que no lo hacen.
El festival PRGY es un fotograma de una película donde pasan muchas más cosas en simultáneo. Artesanos desplazados, vendedores ambulantes perdidos en la multitud, naranjitas sin chaleco (porque ahora eso es un crimen), gente en situación de calle expulsada cada vez más lejos de los límites naturales del centro. Realidades paralelas, burbujas sociourbanas. Cada cosa comportándose acorde con su circuito asignado. Emplazamientos de diseño para experiencias “elefante blanco” (por robarle a Manny Farber) que se continúan en el entre: esos lugares y situaciones en las que, supuestamente, deberían darse los encuentros con “lo otro”, pero que hoy parecen igual de estériles que un feed. Por ahí pasará la cosa: por evitar que esos circuitos también devengan entornos homogéneos, herméticos y, en definitiva, ajenos.
Quizá toque chocar contra los buenos modales, porque esos chispazos puede que sean los que le devuelvan a esta ciudad su resplandor menguante.
