Director de uno de los medios que retratan la música emergente de la ciudad desde hace años, Francisco Cañardo pasó de registrar el circuito a ser uno de sus engranajes.
2017. Usted Señalemelo tiene solo dos discos (¿los buenos?), indie funciona como una gran bolsa reutilizable donde va a parar toda cosa joven que haga música y Club Belle Epoque todavía es el lugar oscuro que dicta el pulso del fin de semana en Córdoba. En su escenario, al igual que en los de Casa Babylon y Club Paraguay —versión Abasto—, bandas locales como Valdés, De La Rivera o Anticasper se mezclan con las porteñas, las platenses, las mendocinas y las que sean. De frente, un puñado de personas cada vez más considerable parece orbitar bajo una sensación compartida: algo está pasando.
Una de ellas se muestra particularmente inquieta. Con porte de mediapunta habilidoso, un pibe se escurre entre el público como quien amontona rivales para acercarse de lleno a la valla. Desde ahí mira, saca fotos, sube historias, comparte fechas. Y toma una decisión: crear un archivo de todo eso mientras está sucediendo.

2026. La Belle Epoque ya no existe. La vedette del momento es el under, La Nueva Generación quedó en el recuerdo como el festival que se autocanceló y buena parte de los grupos que provocaron el algo está pasando están inactivos, se mantienen a medias o mudaron sus instrumentos a Buenos Aires.
Mientras tanto, Francisco Cañardo, alias Cranfa, sigue yendo a recitales.
En el camino, el pibe perfeccionó varias cualidades. La más codiciada, aparte de su melena maradoniana, es la chapa de sostener un proyecto cultural independiente mucho más tiempo del que la ciudad suele permitir. Donde la expectativa de vida promedio para este tipo de aventuras rara vez supera los cinco años, Momento Indie no solo sobrevivió, sino que se volvió una referencia inevitable para saber qué pasa con la música emergente cordobesa.
Las cosas grandes nacen en habitaciones pequeñas. En este caso, las aulas de la Facultad de Marketing de la Siglo 21 oficiaron de punto de encuentro para que un Francisco de poco más de dieciocho años se cruzara con Yago Goldberg. ¿Qué tenían en común, aparte de ser compañeros de curso? Ambos escuchaban Telescopios. Un día decidieron ir a verlos juntos a una presentación en Temple Bar, Güemes. Durante esa fecha se les ocurrió una idea.
—Che, ¿y si hacemos una página para subir noticias y fotos de las bandas de Córdoba?
Así arrancó Momento Indie. Sin vueltas. Esa lógica se mantendrá vigente durante toda su trayectoria, definida más por la acción que por la pretensión. “Surgió así: dos compañeros de la facu que armaron una página de Instagram. No mucho más que eso”, me cuenta Fran, café mediante, durante una mañana de tormenta en Nueva Córdoba.

De ser oyente a tener un medio hay un paso importante. ¿Por qué una página?
En cierta forma era para mostrar algo que ya estaba sucediendo. La decisión de hacerlo en Instagram creo que tuvo que ver con que era lo más accesible en su momento. Ninguno de los dos venía de medios o de comunicación. Y en marketing la cosa eran las redes sociales.
¿Recordás un espíritu común que los guiara? ¿O algún tipo de conciencia de lo qué quería ser Momento Indie?
Creo que fue algo sumamente inconsciente y espontáneo. No hubo un plan a largo plazo. Fue “hagamos esto, a ver qué onda” y sucedió. Yo, por mi naturaleza de ser constante, le terminé poniendo mucho huevo, más de lo que quizás me hubiera imaginado apenas arrancamos. Creo que también desde chico tuve la necesidad de mostrar las cosas que me gustan. Escuchaba algo en Youtube e investigaba, buscaba. Y cuando me interesaba algo que quizás era medio desconocido tenía esas ganas de contarle a un amigo. “Che, ¿escuchaste esto?”. Siempre tuve esa pulsión.

Desde el inicio, el diferencial fue hablar el lenguaje de las redes. En sus primeras semanas de vida, Momento Indie compartía posts e historias con capturas de shows en vivo, recomendaciones de artistas y flyers de fechas. El paso siguiente —y prácticamente inmediato— fue incorporar material fotográfico propio, algo que con el tiempo se convirtió en el sello de la casa. A partir de ahí, la cosa no tardó mucho en despegar.
“El primero que se sumó fue Joche [José Ignacio Aliaga]. Él estudiaba cine, pero no era fotógrafo: era simplemente un amigo que tenía una cámara”, recuerda Fran sobre la primera formación del equipo. “Después él suma a Valentina [Goy] y ella, eventualmente, a Marcos Roma. Marcos ya venía hace muchos años laburando y estaba súper insertado. Ahí la página da un salto en lo que es registro”.
Las coberturas empezaron a abultarse, así como los likes y los seguidores. En paralelo, Cañardo comenzó a tomarse el proyecto cada vez más en serio. Un hecho puntual terminó funcionando como una especie de confirmación. “Hipnótica nos invitó al lanzamiento de su disco, Clásico”, hace memoria. “Yo tenía dieciocho o diecinueve. Era un niño. Me acuerdo de entrar a un departamento en el centro, muy amplio, con toda un aura artística que a esa edad no había visto en mi vida. Yo no vengo de una familia así, mis viejos son contadores. Ahí había gente que pintaba. Dueños de marcas de ropa. Ser invitado y sentirme bien recibido fue una motivación para decir ‘esto está bueno, quiero insertarme acá’. No como artista, porque no lo soy, sino como alguien que expone.” Y remata: “Quizás la premisa de Momento Indie sea esa. Ser un punto medio entre gente que está un poco cansada de escuchar lo mismo y bandas que están haciendo cosas interesantes por fuera de la gran industria musical.”

Ocho años pasaron desde ese episodio. Casi una década en la que Momento Indie se reinventó varias veces y, más que nada, creció. También vio a Yago —cofundador— abandonar las filas, a su plantel alternar formaciones y a su artífice ensayar distintas versiones de la plataforma. De posteos en Instagram (donde al día de hoy reúne a 64 mil seguidores) a contenido audiovisual para YouTube, producción de espectáculos y cobertura de conciertos, Momento Indie se volvió una criatura casi imposible de clasificar.
Cranfa refuerza esa sensación: “Al ser un híbrido entre tantas cosas, es difícil describir bien qué es. Va mutando. Hemos hecho notas escritas, videos de TikTok boludones, mucha fotografía, eventos. Ahora también estoy laburando con artistas. Más allá de que sea algo aparte, no deja de desprenderse de Momento”.
Versatilidad: la tiene el medio, la tiene su frontman y la tiene su equipo. Hoy Momento Indie cuenta con tres fotógrafos oficiales: Marcos Roma, Carla Quinteros e Iván Gwyn. A ellos se suman Ana Rappi en prensa, Luz Pereyra en contenido y Franca Garraza en diseño. Todos son responsables de que la página mantenga una vara de calidad visual altísima y un historial intachable de asistencias, pasando de cubrir festivales de alta gama como el Cosquín Rock a registrar los shows de BICINENA y Cólera en Un Mundo Feliz durante la misma semana.

Más allá del elenco estable, Fran dedicó los primeros meses de este año a retocar la infraestructura y sumar nuevas voces a la redacción. Así empezaron a aparecer firmas como las de Ítalo Liuzzi, La Pelada de la Cañada, Mirco Weigandt y Juan Cruz Caos, quienes le permiten a Momento abordar otras facetas, incluso la periodística. “De a poco voy conociendo a esas caras y veo que tienen ganas de formar parte. Es un acuerdo mutuo: les damos ese espacio de exposición y ellos dan la nota”, y concluye: “Me parece que 2026 es el año en el cual el Momento Indie empieza a decir cosas”.
Existen distintos tipos de líderes. En el deporte están los jefes de vestuario que dirigen a punta del dedo índice. A otros les apasiona el rol de animadores y viven de la arenga para contagiar motivación. Por último, están quienes se ahorran los grandes discursos y eligen un camino más discreto. Cañardo cree pertenecer a esta última especie: la que predica con el ejemplo.
No es fácil gestionar tanta gente, sobre todo en un medio autogestivo. ¿Cómo hacés para manejar el trabajo grupal?
Me sale hacerme amigo de la gente con la que trabajo. Eso puede ser un arma de doble filo. A veces en la dinámica de la amistad está más naturalizado el “lo hago después”; cuesta un poco más el rol de autoridad. Pero creo que eso también se va ganando cuando la gente ve que vos sos el que más labura. Ahí te respetan. “Che, este chabón se está rompiendo el orto, entonces tengo que ir a la par”. Pero básicamente la dinámica que encuentro es la de un grupo de amigos que está haciendo cosas que les apasionan y los divierten. Es la forma que más natural me sale. No sé si es la mejor, pero por lo pronto creo que todas las personas que están en el equipo lo disfrutan. Tienen ese sentido de pertenencia que quizás no tienen en sus otros trabajos. Eso es algo bastante loco. Conseguir que la gente esté durante muchos años en un proyecto tan autogestivo me enorgullece. También en términos humanos. Es gente muy comprometida con el medio que, a su vez, si tenés ganas de juntarte, tomarte una birra y hablar de cualquier cosa que no sea el laburo, están siempre disponibles. Eso lo valoro más que tener una megaempresa con ochocientos empleados y ganar un montón de plata.
Que no sea una empresa no quiere decir que Momento esté exento de responsabilidades. Hacer un medio con amigos suena muy lindo, pero requiere de un nivel de constancia que pocos logran sostener y que, además, lejos está de ser gratuita. A esta altura, ir a un recital en Córdoba casi que implica la certeza de cruzarse con Cranfa. Eso tiene una contracara: “Caí en una de ir todos los malditos findes de mi vida a ver música en vivo y llega un punto en que lo hacés sin ganas. Estás escuchando una buena banda y no la disfrutás, porque estás cansado y viste otra hace media hora. Ahora trato de dosificar un poco.”

Como en cualquier otro trabajo, la rutina de Momento Indie arranca los lunes: alguien está editando fotos, alguien está mandando mails, alguien está armando un copy. Lejos de los camarines y las luces estroboscópicas, Fran pasa muchas de las horas de sus días en su departamento, pegado a la computadora. Bastante más cerca del Excel que del pogo. “Culo, silla, compu, viendo qué contenido funciona bien, qué contenido no tanto, qué fechas vamos a cubrir”, resume antes de explicar parte de la interna. “Generalmente tenemos reuniones para intercambiar ideas, pero también trabajo personalmente. Hablo un día con Carla, otro con Iván, y así. Si bien tenemos un grupo, termina siendo más para hinchar los huevos. Después veo individualmente las cosas qué hay que hacer con cada uno”.
Entre ellas, se encuentra la agenda semanal, uno de los estandartes de Momento Indie y una tarea de la que su director todavía se encarga personalmente: “La empiezo a hacer los martes y la termino los miércoles, porque hay muchas fechas que se suman sobre la hora y un poco la gracia es tratar de que esté todo. Creo que lo bueno es que la consume también el artista que ve y anhela aparecer”.
Construir agenda implica siempre dejar cosas adentro y cosas afuera. ¿Qué sentís que dejan afuera?
Para mí está bueno incluir lo más posible, independientemente del tamaño del evento. Sí suelo dejar fuera cosas muy, muy grandes de géneros que no tienen nada que ver. Viene Luis Miguel y no lo pongo. Igual, Luis Miguel es la maldita cabra, ¿no? [risas] Pero viene a tocar un artista así y al público de Momento o le chupa un huevo o se enteran por otro lado. Trato de que la agenda tenga una búsqueda de mostrar la escena independiente y no tanto a la gran industria. No sé, no hay eventos masivos de electrónica, aunque sí fiestas que se hacen en el circuito donde solemos concurrir.
La labor de filtrar también se vincula con otra que Fran viene afinando desde hace algún tiempo. Su gimnasia de escuchar, seleccionar y difundir halló durante el año pasado un nuevo canal de expresión con Data Local, ciclo organizado por Bela que lo convocó para curar parte de su programación. Así, todos los jueves de 2025 (y ahora, en 2026, viernes de por medio) se convirtieron en noches de Data Local por Momento Indie: una vidriera constante para propuestas independientes, en su mayoría cordobesas, con alguna que otra excepción.

De entrada gratuita y frecuencia religiosa, el ciclo empezó a capturar algo del ritmo de las cosas en la ciudad. Si la pos-pandemia había dejado cierta sensación de vacío (proyectos desarticulados, una audiencia dispersa, escenas fragmentadas), durante los últimos dos años las músicas emergentes de Córdoba comenzaron a dar indicios un poco más coordinados de movimiento. Más discos, más fechas y un mapa cada vez más reconocible de lugares donde tocar para bandas nuevas y no-tan-nuevas.
Muchas de ellas han pasado por los escenarios de Data Local. Gracias a su accesibilidad y una grilla cada vez más afilada, junto a Momento Indie el ciclo logró hacerse de su propio público. Más importante aún, consiguió algo muy difícil como es instalar un hábito de asistencia, bajo la idea de “che, esto no me lo puedo perder”.
Data Local terminó siendo todo un suceso. ¿Qué balance hacés del evento hasta ahora?
Como todo lo que hago en mi vida, surgió muy espontáneamente. La gente de Bela nos llamó en diciembre de 2024, al principio para hacer registro del ciclo. Yo me ofrecí como curador. Les dije: “Si quieren les podemos dar una mano para seleccionar las bandas”. Y terminé produciendo fechas, obvio en conjunto con ellos. Empezó como algo acústico, en el patio de Bela, citando a artistas que nos gustaría ver. Como vimos que cada vez venía más gente, lo terminamos haciendo en el escenario y pasó a ser algo un poco más importante. Creo que Data sirve como una especie de trampolín para dar un salto de profesionalismo. Bandas que pasan de tocar de lugares más chicos a algo un poco más grande. Yo trato de ser súper profesional. Pedirles press kit, fotos y videos para difundir con tiempo. Saber qué día va a salir el flyer, cuándo otro corte de difusión, cuándo otra cosa. Noto que muchas veces eso les sirve de aprendizaje. Veo que a algunas bandas les pedís un kit de prensa y no tienen idea. Y en cierto punto es: “Te paso uno para que veas cómo se arma”. Creo que se trata de eso. Una plataforma para artistas que están haciendo las cosas bien y quizás las pueden hacer aún mejor. Que más gente las vea, puedan eventualmente cortar más tickets y ser más escuchados.
El ciclo refleja la aparición de nuevos síntomas de vida en la música joven de Córdoba. ¿Vos sentís que está pasando algo nuevo?
No sé si “nuevo” lo define, porque ya está sucediendo. Sí siento que es más grande. Hay más bandas y, personalmente, me gustan más. Digo, alta calidad artística. A la vez veo que son súper serias en lo que hacen. Por nombrarte solo a algunas: Chelovecos, Juan Cruz Caos, Irmanas, Hechizo Animal, Trisomía, Isca, Florazar. Son proyectos que dejan de tomarse la música como un hobby y lo ven como un laburo. Pero no como algo tedioso, sino como algo a lo que te querés dedicar toda tu vida. Me gusta a veces hacer esa distinción de quienes están jugando a tener un grupo y los que lo están haciendo en serio. Cuando vemos que alguien realmente se está poniendo las pilas, ahí tenemos ganas de invitarlo a tocar, difundirlo y mostrarlo desde donde se pueda.
¿Lo llamarías una escena?
Sí, recontra. Creo que en Córdoba hay varias escenas pequeñas. Está el punk y el post-punk, con bandas como Salas Velatorias, Rancixs Club, Rata kon thinner, Lolas Tristes, Bicinena, Cólera y muchas más. Después tenés una escena más de rock alternativo, con Gota Pedal, Trisomía, Julieta Menguó, Fin Del Mar, Chelovecos. Esas dos las veo bastante fuertes. Hay obviamente híbridos y proyectos que no se identifican con ninguna, pero comparten espacios. Creo que Momento Indie un poco tiene el rol de unificar. Ser el lugar donde se junte y muestre todo eso. Al fin y al cabo, son personas que se cruzan en La Cañada, Pez Volcán, Madrás, Bela o Un Mundo Feliz.
Su mirada sobre el circuito es desde adentro. Lo que alguna vez observó debajo de las tablas ahora es parte central de su rutina. A cada fecha de Bela llega a las cinco, puntual, para acompañar a los artistas en la prueba de sonido, chequear que esté todo en orden y, también, compartir con los pibes de la técnica. Además de ser amigos, Yull y Tuka forman parte de grupos que han participado del ciclo, Gota Pedal y Trisomía, respectivamente.
De hecho, hace un tiempo que Fran trabaja como mánager de Trisomía e Isca. Un papel nuevo, aunque sumamente coherente con esa personalidad incapaz de quedarse quieta: “Es un laburo que, si bien me encanta y me apasiona, lleva mucho tiempo. Booking, prensa, comunicación. Son muchas cosas. Lo que normalmente en una banda grande se dividiría en cinco personas, lo hago yo solo”.
Todo esto le ha implicado un nuevo nivel de exposición. Si antes prestaba la cara ocasionalmente para algunos contenidos de Momento Indie, hoy el apodo Cranfa circula con un nivel de reconocimiento más grande dentro de la movida. Eso, sumado a su amistad con ciertos grupos y su rol preponderante detrás del telón, lo sitúan mucho más cerca de las tensiones propias de una escena en formación.

En esta idea de movimiento, ¿qué potencialidades ves y qué cosas faltan?
Veo una potencialidad muy grande. Siento que las bandas suenan muy bien. Voy a recitales donde toca un grupo de Buenos Aires y uno de Córdoba, y no es por hacerme el patriota, pero en esa comparación directa digo: “Che, me gustó mucho más el de acá”. Pero creo que falta todavía cierto profesionalismo. Tener un kit de prensa, buenas fotos y una idea mínima de comunicación. Obviamente entiendo que los artistas no tienen que dedicarse a eso. Pero si estás arrancando, te recomiendo que aprendas algo de cómo comunicar lo que hacés. Si no es muy difícil llegar a mucha gente. Otras cosas son boludeces, pero hacen la diferencia. No sé, llegar a horario a la prueba de sonido, tener un rider técnico. Son básicos que cualquier banda que quiere crecer necesita. También faltan trabajadores del arte por fuera de ser músicos: mánagers, productores, vestuaristas, filmmakers. Es entendible. La industria musical en Córdoba es el cuarteto. Lo que genera plata es eso y se come el resto. La electrónica también. Siento que nuestra escena tiene que tratar de robarle público a esas dos. No en el mal sentido, porque podés consumir cuarteto y también electrónica y rock. Sino que hay que lograr que esa gente vea a esta música en vivo como algo entretenido. Que vale la pena comprar una entrada, así como se gastan sesenta o ciento veinte lucas para ver a un DJ. Eso es algo que me pregunto. ¿Cómo logra la música electrónica esto? ¿Cómo los estudiantes son capaces de cagarse de hambre durante un mes para ver a un DJ random? Siento que lograron muy bien que la gente anhele ir a esos eventos.
El interés de la cabeza de Momento Indie por todo lo que él define como una escena trasciende el presente. Su deseo, insiste, es poder vivir de esto a futuro. Lo cual implica abrir la puerta a debates algo incómodos: “En el afán de tocar y llegar a gente, muchas veces las bandas hacen fechas a pérdida. Y lo entiendo. Pero creo que en algún momento tiene que haber un cambio. O por lo menos un consenso entre la mayoría. Decir: ‘Pongamos un mínimo de precio de entradas y cobremos a partir de acá’. Por supuesto, no hay que ignorar la situación económica y el hecho de que a la gente le cuesta un huevo pagar un ticket. Pero a la vez no puede ser que ver a músicos de la concha de su madre valga menos que un fernet. Para mí hay que hacer una reflexión conjunta y preguntarse: ¿cuánto vale lo que hacemos?”.
Las contradicciones lo atraviesan y lo involucran. Sin ir más lejos, Data Local se precia de ser un evento gratuito. Con todo esto, no renuncia a la discusión, que intenta sostener activamente con músicos y productores: “Tu proyecto tiene una fecha de vencimiento si vas a estar siempre poniendo plata todo el tiempo para que suceda. Porque va a llegar un punto en el cual o no vas a tener más para poder financiarlo o te vas a cansar”.
Esa franqueza también marca varias de sus posturas; por ejemplo, a la hora de hablar sobre su criterio, quizás el baluarte más valioso de cualquier medio. Cuando le pregunto por ciertos fenómenos musicales de la ciudad que Momento no aborda o toca por el costado, como el hip-hop, reconoce que prefiere mantenerse al margen: “Antes de hablar sin saber, prefiero quedarme a un costadito. Quizás le puedo consultar algo a un amigo que sepa, pero trato de no meterme de lleno si no conozco”.


Momento está muy enfocado en lo local, pero también toca cosas de afuera. ¿Qué se filtra y elige para que entre?
Tenemos bastantes seguidores que son de otras provincias, entonces no puedo ignorar lo que pasa en el país, particularmente en Buenos Aires, que también influye en lo que sucede acá. Lo mismo a nivel internacional. Creo que la decisión de qué se publica y qué no termina pasando estrictamente por mi gusto musical. Dentro de lo local, obviamente trato de difundir lo que conozco y veo en vivo. A veces hay bandas que nos hablan y nos pasan su música. Nos escriben un montón, lamentablemente no puedo responderles a todos. Pero también creo que hay que filtrar. Si publicás todo pierde un poco sentido la curaduría y la selección de música.
¿Qué pasa con lo que no te gusta?
Soy una persona que cuando algo no me gusta, calla. No me gusta hatear. También siento que no estoy en la posición como para decir esto es bueno y esto es malo. Sí que me gusta o no. Pero para decir que algo es malo siento que debería saber mucho más de música y, segundo, tener un ego un poco más grande. No creo que esté en esa posición.
A unas pocas semanas de nuestra entrevista, nos reunimos nuevamente con Fran para concretar la sesión de fotos. Es una tarde lluviosa de sábado. Desde su departamento en Nueva Córdoba partimos hacia Güemes para desembocar en la Plazoleta Aníbal Montes, sobre la cuadra de Bela. Desde ahí, bajamos unas calles hasta llegar a la Cañada. La locación elegida es la vereda que da al frente de Pez Volcán, donde la gente se amontona a hacer previa antes de cada fecha.
Después de algunas tomas, desde el Pez sale Enano de Huerta, su gestor, para saludar a Cranfa, un habitúe más que concurrente del local. Con mucha amabilidad nos invita a pasar dentro, fuera de su horario de atención, por si queremos aprovechar para hacer algunas capturas. La escena es la de un backstage en ciernes: cables tirados, una escalera apoyada sobre el escenario y equipos aún desarmados. Mientras tanto, nuestro protagonista se mueve con total comodidad e, incluso, se anima a pedir que le tiren unas luces para mejorar las fotos.
Entre chistes, el Enano lo jode y le pasa las llaves de la entrada. “Son las llaves del under”, dice. Fran se ríe, con picardía. Como quien sabe ha encontrado su lugar en el mundo.


Momento Indie ya tiene ocho años, lo que es un montón, especialmente para la media de la mayoría de los medios culturales en Córdoba. ¿Cuál creés que es la razón por la que se sigue sosteniendo?
Porque me divierte. En una época me fui a vivir a otro país y ahí Momento Indie podría tranquilamente haber dejado de existir. Pero me di cuenta de que estoy totalmente atado a lo que pasa musicalmente en Córdoba. Siento que la constancia de Momento surge un poco por mi naturaleza de tener esas ganas de escuchar música nueva y querer compartirla. Creo que eso es algo que, independientemente de si el medio sigue existiendo de acá a diez años o no, lo voy a seguir haciendo. Voy a seguir en esa investigación: ¿qué bandas buenas están naciendo? ¿Qué puedo escuchar? ¿Qué hay que ir a ver? Es parte de mí.
¿Qué te gustaría alcanzar con Momento Indie?
Me gustaría que en Córdoba haya una industria musical grande relacionada al rock alternativo y que la gente pueda comer de eso. Así como pasa con el cuarteto y la electrónica, que no todo gire alrededor de Buenos Aires. Que acá mismo suceda y no haga falta irse a otro lugar.
Estudiaste marketing, creaste un medio digital, producís, curás y creás contenido. ¿Qué sos?
Alguien que se aburre muy fácil. Tengo todo el tiempo ganas de hacer cosas y cuando me aburro de una, trato de empezar a hacer otra. Ese es mi gran motor: el odio al aburrimiento.
